AL
PIE DEL LIMONERO (Pasajeros de la fantasía)
Recuerdo
la mesa larga, la galería,
y aquellas canaletas color cielo,
la extensa enredadera y la alegría
con que entraba a la casa de mi abuelo.
Apenas
con un año yo aprendía
a caminar con él por el sendero
que desde la vereda se extendía
por todo el corredor al limonero.
Pequeñas
las baldosas, coloridas,
yo las iba saltando como un juego;
ella estaba sentada, en la cocina
pegada al comedor de muebles viejos,
afuera descendían las glicinas
como un regalo mágico del cielo.
Ella
estaba sentada y no podía
poner sus pies en tierra... El desconsuelo
nublaba el ‘celestón’ de sus pupilas
por ignorar la causa del tormento.
Casi
diez años, el sillón de mimbre,
con su peineta apretujando el pelo,
y esa sonrisa dulce y cariñosa
invitando un anís o dando un beso.
Yo
entraba a las corridas, sorprendiendo
a todos los gorriones que seguían
los granos de maíz que se caían
camino al gallinero.
Mas,
quedaron en mí la larga mesa,
las plantas, los azahares, los horneros,
las piezas gigantescas, con sus puertas,
la bomba, el escalón hacia el terreno,
y el agua pura y fresca, más que fresca,
manando desde el piélago del suelo.
No
sé si se los dije. Por las dudas,
lo repito en silencio:
él me enseñó a pararme y dar los pasos
que en mi vida, primeros,
aprendí con amor... Y me enternezco
cuando me cuentan que se fue muy pronto
y poco pude yo llamarle ‘abuelo’.
En
cuanto a ella, el sol en las baldosas
ponía un manto de oro, cual sendero,
en donde se hamacaba y sonreía
y yo solía decirle ‘soy tu nieto’,
mas ella no entendía, y repetía
‘¡abuela, soy tu nieto...!’.
Yo
no sé si les dije que aún se escucha
el crujir del sillón y el chapoteo
de los gorriones esos que espantaba
cuando corría a ver a mis abuelos,
desde la calle al comedor gigante,
desde la tierra al bombeador de acero,
desde mi joven sangre hasta su sangre,
desde la puerta verde al limonero.
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