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FIEBRE
(Poemas de amor)
Sedosas
las sábanas tiemblan en la alfombra
de la alcoba ardiente,
cerrojo en la puerta, la luz apagada,
tan sólo un lamento de amor, y la gente
que tras la ventana, casi entrecerrada,
reparando en nada, pasa raudamente.
Afuera,
en la calle, hay olor a lluvia,
a ramas que crujen, a viento insolente,
y aquí la insolencia es temperatura,
la seda se abulta, respira, se tuerce...
Parecen
dos cuerpos fundidos en uno,
dos aves planeando sobre el campo agreste.
De
pronto un gemido, un ¡ay! permitido,
suena a descarriado tintinear de dientes,
y la mordedura va cobrando altura:
el dolor en grato placer se convierte.
Progresa la llama. Crepita la cama.
Es Dios que murmura. Dos lazos celestes
presionan sus pechos y el cabello juega
confundiendo al aire que aspiran...
Se
mueven...como si sus ríos, más bravíos, fueran.
Se avivan las lenguas. La pasión se yergue.
Una
mano cruza límites prohibidos,
otra la acompaña permitiendo leve
que explore regiones de soles cautivos,
de nieves que pronto derretirse quieren.
Las
sombras no dejan saber de las horas,
un tic tac se escucha suspirando tenue,
marcando los pulsos que la sangre llora
y en cada latido la piel se humedece.
Madura
la idea de escalar la cima,
los muslos se rozan, se estrechan los vientres,
los ojos de ambos el cuarto iluminan
y, al cerrarse, el tiempo en él se detiene.
No
hay nada que indique qué será del mundo,
la vida transcurre entre cuatro paredes,
se intuye un delirio mordaz y profundo
y el aroma tibio de un par de claveles.
En
la calle, a tientas, las personas corren,
se perciben charcos, pájaros silvestres
aleteando nubes hacia el horizonte.
Todo eso, afuera. Aquí... sólo fiebre.
Por
fin, voluptuosos, descubren sus ojos,
se miran, se sueltan los lazos celestes,
regresando al llano sus corceles briosos,
se aplacan las olas y el infierno cede.
Se
tocan. Se ríen, sin jurarse nada.
Y aunque el fuego ‘ha sido’, perduran ausentes...
Detrás
de la blanca ventana entornada,
no saben si hay luna, si hay sol, o si llueve.
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